CONFLUENCIAS NUNCA MÁIS
Por Jorge Armesto y Jose Bembibre
LOS ORÍGENES Y LOS MITOS DE
LA CONFLUENCIA
PROBLEMAS EN SU CONSTRUCCIÓN
PROBLEMAS EN SU CONSTRUCCIÓN
Si hay una frase que define el 15 M es “no nos representan”.
La incapacidad de los partidos establecidos para capturar y
abordar los problemas de toda una generación estallaron con una impugnación
total del “partido político” como organización capaz de articular y defender
los intereses de los ciudadanos en la vida pública. En sus antípodas, y como
alternativa virtuosa, emergió un asamblearismo desengañado, suspicaz ante cualquier tipo de jerarquía,
estructura o reglas que, por eso mismo, se mantuvo fluyendo subterráneamente y
no encontró su articulación política hasta el nacimiento de Podemos en 2014.
Con las Asambleas del 15M ya en práctica disolución fueron los
círculos de Podemos los que avivaron sus rescoldos vehiculando el descontento ciudadano
ante una situación social que se juzgaba como intolerable. Podemos, aunque era
un partido, desde el principio integró en su seno esa cultura asamblearia
promoviendo los contactos con cualquier fuerza que pudiese converger en ese
gran punto de encuentro de “los de abajo”.
En el caso particular de Galicia, y tras su sorprendente éxito en
las elecciones europeas de 2014, se iniciaron en el verano de 2015 los
movimientos para dar forma a esa convergencia. Pero, inevitablemente, el
proceso de construcción de este nuevo
espacio de cambio político, atrajo a un perfil de viejos militantes de colmillo
afilado, aventureristas y profesionales de la escisión. Personas con décadas de
experiencia en intrigas, alianzas, rupturas y traiciones que compartieron
asambleas con ciudadanos bisoños en tareas políticas, armados solo con buenas
intenciones y a los que les motivaba únicamente un deseo ingenuo de
participación en los asuntos públicos.
Como no podía ser de otro modo, tal como si hubiésemos tratado de
hacer cohabitar a pirañas y a peces de colores, los escindidos crónicos no
tardaron en hacerse los dueños de la pecera ejercitando sus habilidades para la
manipulación, perfeccionadas en un periplo vital de años de conjuras y
maquinaciones.
Además, la adscripción personal, una marca del 15M, proporcionaba
un lavado integral a sus biografías, desapareciendo por arte de magia el
estigma de su pasado correligionario que el nuevo sentido común percibía como una
rémora.
El militante de la confluencia y, por ende, el espacio de la confluencia se auto definió
como la forma suprema de participación política invistiéndose de una superioridad
moral inalcanzable para el resto de mortales. Así, lo que tendría que haber
sido una cuestión meramente funcional, es decir: decidir cómo organizarse para
tratar de conseguir lo auténticamente relevante, el bienestar ciudadano, se
tornó en un bien en sí mismo. El “confluente”, por el mero hecho de serlo,
había alcanzado ya el Nirvana político, el estado de máxima perfección, sin importar que su aportación social fuese
completamente irrelevante.
La forma institucional que adoptó ese etéreo lugar de maravilla,
fue “el espacio”, un híbrido entre el partido y la asamblea que recogía lo peor
de los dos mundos y que adoptó como norma el absoluto secretismo en las
deliberaciones y las decisiones con un funcionamiento obscenamente
aristocrático. Pues una de las ventajas de no ser partido es que no hay que dar
cuentas de nada a ningún militante sino a una “ciudadanía” imaginaria. Esta ficción se sostuvo manoseando sin ningún
escrúpulo lo que aún quedaba del acervo intelectual del 15M y justificándose con el “mandato de los de
abajo” y la cháchara asamblearia. Pero también construyendo un entramado
normativo arteramente concebido para impedir la participación real. Así, la
creatividad que faltaba para articular propuestas programáticas sobre los
verdaderos problemas de la gente, floreció exuberante en forma de páginas y
páginas de reglamentos y sistemas de votación diseñados torticeramente para que
una élite lo más reducida posible gobernase el espacio sin trabas.
Y esto se llevó a tal extremo que es difícil imaginar un partido
convencional que haya exhibido más hermetismo y menos democracia interna,
siendo el funcionamiento de la confluencia más propio de una logia o una
sociedad secreta.
No es de extrañar así, que la elección del cabeza visible de la confluencia
siguiese la misma lógica. Y puesto que se había concebido un espacio místico,
la summa excelencia de la participación política que imbuía de la mayor perfección
moral a sus participantes, solo faltaba la aparición de una figura mesiánica
para completar lo que ya parecía un movimiento milenarista. Apareció entonces
Luis Villares, un casi perfecto desconocido, que resultó ser un personaje con pretensiones
de grandeza, al que un grupo aún más desconocido de mandarines colocó a dedo y
legitimó con los correspondientes simulacros democráticos.
Por supuesto, no cabe responsabilizarlo a él únicamente. La
destrucción de la esfera de los partidos trajo consigo también el empobrecimiento
total de su vida interna y su desactivación como instrumentos para ofrecer
alternativas ideológicas. Esa momificación agostó su vida intelectual y
paralizó su papel en la construcción de discurso. Esto no tendría más
importancia si el espacio confluente
hubiese asumido esa función, más lo único que ha producido el discurso de la
confluencia ha sido una sucesión pobrísima, banal y cansina de chascarrillos,
frases estereotipadas, poética barata y cursis apelaciones a la bondad humana,
declamadas por la mañana por los mismos que se acuchillaban entre sí por la
tarde. La construcción intelectual ha sido de una tristeza y miseria desoladora.
La actividad orgánica quedó reducida a inacabables y feroces
peleas intestinas. De entre todas, cabe destacar por su magnitud el vergonzoso
proceso inquisitorial que sufrió Paula Quinteiro, sometida a un acoso
indesmayable en forma de delirio paroxístico de autodestrucción que duró meses.
Meses con sus correspondientes semanas, días y horas dedicados íntegramente por
los confluentes al desvarío denigratorio. Evidentemente, es de suponer, que no tendrían
tiempo para pensar, pongamos por caso, en la política forestal.
Todo esto, para que en las pasadas elecciones generales, frente al
mayor peligro que se cernía sobre los derechos ciudadanos en forma del
advenimiento de la derecha más salvaje, fue únicamente Unidas Podemos quien
combatió en solitario esta amenaza involutiva con el silencio de parte de los
aliados que decidieron no inmiscuirse en la campaña, o, peor aún, con la
abierta hostilidad de los confluentes de Villares, que centraron todas sus
intervenciones en ultrajar a sus antiguos compañeros.
Hoy, casi cuatro años después de iniciarse aquel proceso de
confluencia, la ciudadanía está desilusionada, el debate intelectual, yermo o
inexistente; los puentes entre los actores, rotos; la confianza, quebrada; las
“Alcaldías del cambio” arrasadas y la representación institucional casi
extinguida.
LAS CONSECUENCIAS DE LA
CONFLUENCIA EN UNIDAS PODEMOS
Unidas Podemos, que se había construido con gente recién
incorporada a la acción política, tan llena de entusiasmo como carente de experiencia,
sufrió desde su inicio el efecto gravitatorio del insaciable agujero negro de
las confluencias con unas consecuencias que solo pueden juzgarse como
desastrosas.
El debate interno sobre las confluencias, tan atravesado por el
componente de superioridad moral que adquirió, desgarró el partido en una lucha
cainita que eclipsó cualquier otro asunto político. La confluencia, vista como
el bien supremo, se constituyó en la única discusión posible. Fagocitó,
empequeñeció y destruyó la posibilidad de deliberar sobre las múltiples
problemáticas reales de la sociedad. Su carácter moral acentuó la violencia de
la controversia que sobrepasó la lógica disputa entre visiones estratégicas
para convertirse en una lucha entre el bien y el mal. Se creó un ambiente
guerracivilista en el que se perdieron todas las formas de fraternidad y
civilidad. El espectáculo que ofreció la organización fue bochornoso.
El amordazamiento de “los partidos” destruyó su capacidad para
debatir y proponer y Unidas Podemos fue la víctima principal, pues, como todo
músculo que no se usa, se atrofia. Los órganos de la confluencia construyeron
un muro impenetrable aislándose de la vida interna de los partidos lo que, con
excepción de inacabables y yermas discusiones acerca del modelo organizativo, hacía
superfluo e inútil cualquier debate ideológico puesto que las decisiones se
tomaban misteriosamente en otro lado y por otras personas desconocidas. La
militancia estaba confusa, desorientada y paralizada. ¿Cuál sería el papel de Unidas
Podemos, una vez que hubiera finalizado el proceso confluente? A esto se
contestaba con evasivas y deshonesta ambigüedad calculada. La respuesta nunca
enunciada era sin embargo, evidente: ninguno.
Se dejó de atraer talento. Y el que había huyó. La confluencia, absolutamente
inútil para la producción de ideas y la creación de un entorno fructífero para
el debate y la creatividad, sí se mostró exitosa en bloquear y destruir
cualquier iniciativa o propuesta a la eterna espera de decisiones colectivas
que nunca llegaban a producirse. En ese infecundo esperar a Godot, se cercenaba
de raíz la mera posibilidad siquiera de cualquier aportación externa que era juzgada
siempre como sospechosa de hacer sombra. Como consecuencia, Unidas Podemos no
fue capaz de estar presente, ya no digamos ofrecer alternativas, en ninguno de
los problemas que acucian a la ciudadanía real. El partido se volvió
conservador, timorato y amilanado. Los inscritos se desilusionaron y
desertaron. La metáfora de la organización horizontal adquirió la forma de la
organización plana, el páramo raso donde nada crece.
Debemos, sin embargo, señalar un único aspecto positivo. En un
ecosistema venenoso en el que los “aliados” ventilaban obscena y públicamente día
sí y día también las diferencias haciendo de tontos útiles para los medios de
comunicación de la derecha, los representantes de Unidas Podemos en la
confluencia mantuvieron siempre una actitud de leal discreción. E incluso, por
ejemplo, cuando fueron ofensivamente relegados en las listas electorales de los
Ayuntamientos del Cambio a puestos insultantemente bajos, fueron capaces de
colaborar animosamente en las campañas sin generar polémicas ni ruido al
exterior.
Hoy, sin embargo, no se puede ignorar que el partido se halla en
una situación de extrema fragilidad. Con una vida interna pobre o nula y un debate
ideológico inexistente que lo hace incapaz de proponer a la ciudadanía más que fraseología
barata conformada solo con una retahíla de palabrería hueca. El paisaje de la confluencia es aún peor, si
cabe. Su espacio está definitiva y absolutamente
devastado y todos sus reductos institucionales barridos del mapa electoral. En
el imaginario colectivo En Marea es un lugar inhóspito que solo evoca rotura,
incompetencia y desengaño. Pero frente a sus ridículas prestaciones
electorales, al menos los 230.000 votos que Podemos Galicia obtuvo en las
pasadas elecciones generales ofrecen esperanza para un futuro posible.
¿HAY ESPERANZA? SUGERENCIAS PARA UN FUTURO POSIBLE
Se hace necesaria una reflexión profunda sobre los modelos
organizativos. A nuestro entender, la impugnación a los partidos que
simbolizaba el “no nos representan”, no lo era tanto a su modelo de
funcionamiento como a su subordinación absoluta a la gobernanza neoliberal. De
hecho, el que el debate sobre modelo organizativo de la izquierda haya sido la
principal –y casi única- actividad de las fuerzas del cambio, desnaturaliza absolutamente
las causas del descontento ciudadano convirtiéndolas en una pobre caricatura.
Las nuevas estructuras líquidas de organización política que
genera el nuevo sentido común no parece que hayan ahondado en la democracia
interna y la participación ciudadana. Muy al contrario, la aparición de órganos
opacos y organigramas confusos hace casi imposible su fiscalización. Más bien
parece que tales modos de organizarse responden al zeitgeist de los tiempos, que disuelve las antiguas formas sólidas
de articulación política en un magma postmoderno donde la falta de lealtad a
unas siglas se percibe como un valor. Esta falta de lealtad a un proyecto común
definido y reglado en lo que se transforma es en meras lealtades personales, en
primer lugar al propio proyecto personal y en segundo a otras personas o
camarillas. Evidentemente, esa lealtad a uno mismo se presenta convenientemente
disfrazada en la forma de un mandato moral de obediencia a los deseos de una
ciudadanía espectral: “la gente”, que solo el líder visionario es capaz de
escuchar nítidamente. El ejemplo de Errejón en Madrid, quien despreció el
mandato democrático concreto y específico de unos inscritos que lo habían
elegido, justificándose éticamente en un deber de atender las imprecisas
aspiraciones de esa “gente” inmaterial, es
altamente ilustrativo.
En el actual marco de hiperindividualismo que disuelve las formas
de organización colectiva y ensalza el valor de la propia opinión hasta el
dogma, tales comportamientos se ajustan perfectamente al signo de los tiempos. La
experiencia de las confluencias muestra con meridiana claridad que generan un
funcionamiento sectario y aristocrático y que la minusvaloración de las
“siglas” como algo instrumental lo que articula son únicamente lealtades
personales. Convertida la política en algo personal, no es de extrañar que surjan
los líderes visionarios, las relaciones de vasallaje y que las controversias se
diriman con tanta violencia.
La experiencia también parece dejar meridianamente claro que en la
crisis que de un modo u otro ha afectado a todas las fuerzas políticas, han
sido los partidos con estructuras más estables los que han logrado un mayor
reconocimiento ciudadano y los que están más cerca de conseguir sus objetivos
de transformación de la realidad, sean cuales sean. Al contrario, los
experimentos en forma de organizaciones líquidas se están disolviendo sin dejar
apenas rastro.
Así pues, antes que ninguna otra cosa Unidas Podemos debe abordar con
firmeza el modo de relacionarse consigo mismo. La paz de la que hoy se disfruta
no debe hacernos olvidar las ásperas disputas internas del pasado reciente. Es
necesario crear una nueva cultura de cuidados y civilidad. Se debe construir un espacio amable en el que
se quiera estar y donde las formas, las buenas formas, lo sean todo.
Pues en este caso, las formas son
el fondo. Las conductas agresivas impugnan de modo radical la idea rectora que
alumbra Unidas Podemos de poner “la vida en el centro”. Si asumimos que las
actividades de cuidado deben ser definidas como un bien o un deber público,
tales actividades deben comenzar inevitablemente en el comportamiento de toda
la militancia. Hay que construir un partido que sea capaz de poner lo
relacional en el eje de la política, un partido cuya vida interna gire en torno
a la interdependencia y el cuidado, a facilitar encuentros, a crear comunidad y
formas estables de lo común. En palabras de M. E. Palop: “donde el miedo al
otro y las psicopatías sociales puedan ser sustituidas por unas relaciones
incluyentes y más amables.” Nunca máis debemos comportarnos como nos
comportamos.
Unidas Podemos Galicia debe aspirar a ser un lugar fraterno,
abierto a gente diversa que comparta la preocupación por Galicia y tenga un
interés genuino en transformar la sociedad. Discrepar con alguien que comparta
estos principios básicos no lo convierte en enemigo. Por el contrario se debe
animar y facilitar que personas con
opiniones propias y fuertes convicciones tengan la oportunidad de expresarlas y
defenderlas en el seno de la organización siempre que se haga con lealtad.
Ellas son uno de sus activos más valiosos.
Pretender transformar la sociedad sin conocer sus problemas es una
frivolidad que la ciudadanía detecta y castiga. Formarse e informarse debe
convertirse en una obligación para el inscrito en Unidas Podemos. Una tarea
prioritaria de la dirección debería ser dar un gran impulso a la formación. Es
necesario organizar cursos, visitas, debates, grupos de pensamiento,
publicaciones, diálogos y actividades formativas de todo tipo que tengan una
vertiente interna y otra externa. Hay que crear un foco civilizatorio y un
espacio de ilustración. Desde abajo, y desde arriba. Hacia adentro y hacia
afuera.
En este proceso de contemplación crítica de la realidad, se debe
contactar con los elementos más dinámicos de la sociedad, sin filtrar por
adscripción ideológica, siempre que cumplan unos requisitos básicos de
concienciación en el bien común.
Vivimos una época de grandes cambios, con la Ciencia y la
Tecnología desafiando cada día elementos básicos de la sociedad, como el papel
del trabajo con la robotización, el impacto de la genética en la misma
definición de lo que es ser humano, sin olvidar el impacto ya inevitable del
cambio climático. En el caso de
Galicia estos cambios de carácter global tienen lugar sobre una sociedad
envejecida, con una evolución demográfica estremecedora, con la industria en
declive y sin una cultura técnica e industrial. Sin un proyecto de modelo de
desarrollo para el siglo XXI, hay un riesgo muy serio de que se convierta en un
país inviable sin ayuda externa. Todo esto plantea un desafío enorme,
no solo a nivel material sino también cultural.
Un desafío en el que Unidas Podemos debe y puede actuar como
catalizador, pero todo esto requiere abandonar de manera definitiva la
micropolítica de banderías, palabrería y metáforas marineras. Requiere tratar
de gestionar la realidad, no la liturgia. Requiere comportarse con rigor, penetración
y lealtad. Requiere no perder ni un minuto más de lo necesario en la vida
interna y volcarse en el exterior con el ansia de un ciego que recupera la
visión. Requiere ser imaginativos y audaces, no temer innovar y romper con los
modos rutinarios de relacionarse con la ciudadanía. Requiere instrumentos de
organización colectiva que sean a la vez refugio hospitalario y taller de
creación. Estructuras estables, confiables,
reconocibles, pero también porosas y permeables. Y no de experimentos
efímeros y volátiles, pues, como entienden muy bien nuestros adversarios, para
actuar primero hay que ser.
Resumiendo en una frase: Confluencias Nunca Máis.
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